Page 24 - 03. Saga Las Cronicas De Narnia
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Desiertas conforme a las antiguas costumbres, derechos, usanzas y leyes de Narnia.
       — Creo que ya hemos tenido bastante de gobernadores —dijo Caspian. Y dio a

Bern el título de Duque, Duque de las Islas Desiertas.
       — En cuanto a ti, Milord —se dirigió a Gumpas—, perdono tu deuda por los

tributos. Pero mañana, antes del mediodía, tú y los tuyos deberán abandonar el castillo,

que desde ahora es la residencia del Duque.
       —Miren, todo está muy bien —dijo uno de los secretarios de Gumpas—, pero

supongamos, caballeros, que ustedes terminen con esta comedia y trabajemos un poco.

Para nosotros el asunto es realmente...
       —El asunto es —dijo el Duque— si tú y el resto de la chusma se irán con o sin una

paliza. Puedes elegir lo que prefieras.

       Cuando todo se arregló amigablemente, Caspian hizo traer caballos; había unos
cuantos en el castillo, aunque muy mal cuidados. Junto a Bern, Drinian y algunos otros,

cabalgó hacia el pueblo y se dirigió al mercado de esclavos. Era un edificio largo y bajo

situado cerca del puerto. La escena que se desarrollaba cuando ellos entraron, se parecía a

cualquier otra subasta: es decir, había una gran multitud y Pug, desde un estrado, gritaba

con voz ronca:
       —Ahora, caballeros, el lote veintitrés. Excelente trabajador agrícola terebintiano,

apto para trabajar en minas o en las galeras. Menos de veinticinco años de edad. Ni un
solo diente malo. Un tipo bueno y musculoso. Tachuelas, sácale la camisa para que los

caballeros puedan verlo. ¡Ahí tienen músculos! Mírenle el pecho. Diez crecientes ofrece el
caballero del rincón. Debe estar bromeando, señor. ¡Quince!, ¡dieciocho!..., dieciocho es

la postura por el lote veintitrés. ¿Alguien da más?... Veintiuno. Gracias, señor. La oferta
es veintiuno...

       Pero Pug se interrumpió boquiabierto al ver a los personajes vestidos con

armaduras que subieron al estrado, haciendo sonar los metales.
       —Arrodíllense todos ante el Rey de Narnia —dijo el Duque.

       Todos escucharon el cascabeleo de los caballos piafando afuera, y muchos habían

oído rumores del desembarco y de los acontecimientos en el castillo. La mayoría

obedeció. A los que no lo hicieron, los tiraron al suelo sus propios vecinos. Algunos
vitorearon.

       — Estás condenado, Pug, por haber puesto ayer tus manos sobre nuestra real
persona —dijo Caspian—, pero tu ignorancia queda perdonada. El comercio de esclavos

ha sido prohibido en todos nuestros dominios, desde hace un cuarto de hora. Declaro en

libertad a todos los esclavos en este mercado.

       Levantó la mano para acallar las ovaciones de los esclavos, y continuó:
        — ¿Dónde están mis amigos?
        — ¿Aquella adorable niñita y el encantador joven caballero? —preguntó Pug con
una sonrisa zalamera—.

       ¡Pues bien, los agarraron en el acto!
       — ¡Aquí estamos Caspian, aquí estamos! —gritaron Edmundo y Lucía al unísono.
       —A su servicio, Majestad —chilló Rípichip desde otra esquina.

       Habían sido vendidos, pero los hombres que los compraron se quedaron a fin de

hacer ofertas por otros esclavos; por eso no se los habían llevado aún. La multitud se

apartó para dar paso a ellos tres y hubo fuertes apretones de mano y saludos entre

Caspian y sus amigos. En seguida se acercaron dos comerci antes de Calormen. Los

calormanos tienen la cara oscura y largas barbas, usan túnicas sueltas y turbantes color

naranja, y son un pueblo antiguo, sabio, rico, cortés y cruel. Se inclinaron atentamente

ante Caspian y le hicieron muchos cumplidos sobre las fuentes de prosperidad que riegan

los jardines de la prudencia y la virtud (y muchas cosas por el estilo), pero, por
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